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Los ricos son los únicos que tienen acceso a Bush en su visita a Naples

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Naples.- Los cinco helicópteros aterrizaron uno a uno en un terreno deportivo de Gulfview Middle School en el centro de la ciudad de Naples, levantando tierra, hojas y arena y haciendo que los que estaban presentes para observar, miraran al otro lado. Esto fue lo que caracterizó el viaje que duró cuatro horas en la tarde del viernes del Presidente George W. Bush al Suroeste de la Florida, la segunda visita formal durante su término. Fue la presencia del hombre lo que levantó la mayor parte del peso. El hombre, al menos para aquellos que no asistieron al almuerzo en Naples para recaudar fondos, a un mínimo de $2,300 el plato, o los que no estaban entre los pocos que lo saludaron en el Aeropuerto Internacional del Suroeste de la Florida, hizo poco más que una caminata y un saludo.

Había cientos de policías locales además del servicio secreto de traje negro. No faltaban las cintas amarillas de precaución acompañadas por policías que gritaban frases como, “¡Conduzca por encima de la yerba! ¡Hey, por allá! ¡Vaya por detrás!” bloqueando las calles del centro de la ciudad. Un equipo de SWAT (Armas y Tácticas Especiales) vestido de negro o camuflaje, observaba amenazante desde un techo.

Color Peter Palermo estaba impresionado.

El residente de 39 años de Naples permaneció tan cerca como pudo de Gulfview, hablando en su celular y tomando fotos cuando el presidente arribó.

“Fue increíble presenciar el poder que un hombre tiene,” expresó Palermo. “Al sólo ver la protección que un hombre tiene. Lo puedes ver en tiu televisor o leer al respecto, pero es completamente diferente cuando lo ves por ti mismo. Puedes sentir el poder en tus venas. Te hace sentir el poder de este país.”

Ningún aspecto del viaje fue dejado al descuido, aún cuando los preparativos fueron tan shh -shh como fue posible. Esto es incluyendo a aquellos no asociados generalmente con el término, “shh-shh.”

Los helicópteros que prácticamente aterrizaron en Gulfview el miércoles. Nadie podía explicar por qué estaban ahí. Un Diputado del Sheriff del Condado Collier parado fuera de la escuela en la mañana del viernes no podía confirmar lo que estaba ocurriendo más tarde ese día. Ni siquiera confirmaba a qué hora llegó a Gulfview en la mañana.

Bush saludo a siete locales, incluyendo a un juez, un marinero y una maestra, después de salir de Air Force One en el Aeropuerto Internacional del Suroeste de la Florida a las 11:48 a.m. Fue presentado al residente de Fort Myers de 18 años, Josh Kelchner, al cual otorgó un premio por sus servicios voluntarios y posó para las cámaras. Diez minutos más tarde, se encontraba en un helicóptero rumbo a Naples.

Al mismo tiempo, al cruzar la calle de Gulfview, Nancy Robb respondió a una llamada por celular. “Esta es Águila Uno,” dijo. Cuando colgó, Robb, quien esperaba en una multitud de un par de cientos a lo largo del Sur de la Calle Ocho, explicó que hablaba con su hija, Lisa, alias “Madre Osa.” El esposo de Robb, John, era “Águila Dos,” y sus nietos, Max de 11 años era “Tiburón,” y Lilly de 4 años era “Pequeño Flamenco Rosado.” Todos tenían códigos por nombres mientras se apuraban juntos para recibir al presidente.

“Es un evento histórico para Naples,” dijo John Robb. “Es fabuloso tener la oportunidad de experimentarlo. Muy rara vez llegas a ver al líder de nuestro país.”

O no verlo como puede ser en este caso.

Un protestante permaneció en la Calle Ocho con una cinta negra atada alrededor de su cabello, una camiseta blanca y negros espejuelos gruesos de sol. En sus manos agitaba una banderilla de arcoiris: “Nosotros, el pueblo decimos no a la agenda de Bush.”

Alrededor de cinco minutos antes de la llegada del presidente, los tres miembros del equipo SWAT que estaban en un techo apuntaron en la dirección del protestante e hicieron señales a la policía de Naples. Tres escoltaron al hombre hacia afuera lo que motivó cumplidos de cerca de 10 personas.

Le preguntaron a la policía por qué se lo llevaron.

“Los federales,” replicó un oficial. “Ellos nos piden, nosotros lo hacemos.”

A medida que los helicópteros comenzaron a circular, los espectadores sacaron cámaras de video, cámaras desechables, cámaras digitales, cámaras con lentes largos y cámaras con lentes cortos. Al lado de la cinta que bordeaba la parte trasera de la Librería Pública del Condado Collier, a una cuadra de la escuela, las hojas volaron cayendo sobre el rostro de Alex Mossman de 11 años y su pelo se erizó de puntas.

“Eso es algún helicóptero,” dijo la madre de Alex, Liz. “Siií,” respondió el niño con ojos brillantes.

Cuando los helicópteros tocaron tierra ellos estaban tan cerca que fueron rociados más a la docena que los acompañaba con arena roja del terreno de softbol de la escuela.

Algunos pocos de los que estaban con los Mossmans reportaron haber visto a Bush antes de que lo apuraran dentro de un lujoso carro negro con el sello presidencial en un lado, pero la mayoría levantó las manos y saludó de todas maneras.

Cuando Seckler trató de alzar el recorte de Bush cerca del buzón de correos para saludar a la procesión en motocicletas de Bush, un diputado del Sheriff la ahuyentó con el recorte hacia dentro de la rampa de entrada de autos de la casa.

“Deseaba mostrar que amo a mi presidente al igual que ellos,” dijo Seckler, de 50, refiriéndose a los dueños del hogar, partidarios de Bush que viven en St. Louis y mantienen el recorte delante de la puerta de entrada de la casa.

Bush estuvo en el hogar de Jack Donahue, una extensa hacienda con vista al mar, por dos horas. Se fue de la misma manera que había venido.

A la llegada de la procesión de motocicletas, Christy y Emily, exclamaron al unísono, “¡Oh, ahí está! ¡Ahí está!” Gente de traje y Bush - aunque desde donde estaban nadie podía verlo - abordaron los helicópteros. Los helicópteros se alzaron desde la tierra y los Dichios gritaron, saludaron y tuvieron que mirar hacia el otro lado cuando el polvo y la arena los golpeó. A las 2:55 p.m. los helicópteros habían desaparecido.

“Por mis pies parece que he ido a la playa,” Christy Dichio dijo.

En 30 minutos los helicópteros aterrizaron nuevamente, los trajes escalaron hacia Air Force One en el Aeropuerto Internacional de la Florida y el presidente partió.

Los escritores Jenna Buzzacco, Matt Clark, Laura Layden, Katherine Lewis, Ryan Mills y Eric Staats contribuyeron a esta historia, la cual fue traducida para Vista Semanal.

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